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sábado, 9 de marzo de 2019
sábado, 30 de agosto de 2014
Piedras heridas - Pierres Blessées
El 6 de noviembre aparece en Francia la traducción al
francés de Piedras heridas - Pierres
Blessées- Editions La Dernière Goutte
domingo, 6 de octubre de 2013
Martín con lluvia
Martín se había despertado temprano, contento, feliz esa
mañana de diciembre. Y claro, cómo no iba a madrugar, si era el primer día de
sus vacaciones y encima su mamá le había prometido, como premio a tanto
esfuerzo y estudio y las mejores notas, dejarlo ir a jugar a la plaza de ahí en
la otra cuadra de su casa. Pero, ay, la felicidad no le duró mucho, apenas
hasta escuchar el primer trueno y los que le siguieron casi enseguida y así
darse cuenta de la lluvia que caía y hacía un ruido bárbaro en el patio. De
todas maneras, se levantó y fue corriendo hasta la cocina. Su mamá tomaba mate cuando
Martín le preguntó si igual podía ir a jugar a la plaza, se pondría las botas y
tendría cuidado de no resbalarse y listo. No Martín, escuchó, si más tarde para
de llover te dejo ir, pero ahora no, llueve mucho, sabés. Martín se marchó
nomás a su habitación, no sin antes pedirle a su madre que le avisara si paraba
la lluvia, porque a lo mejor él se dormía de nuevo. Un trueno sonó muy fuerte
entonces, el trueno más fuerte de todos.
Ya en su cuarto, Martín se asomó a la ventana y vio unas
nubes tan oscuras tan oscuras que le dio un poco de miedo y un poco de bronca.
Entonces se puso a dibujar, todos decían que dibujaba bien, muy bien. Primero
hizo unos árboles y unas plantas y unas flores, luego un tobogán, y a un lado
las hamacas. Cuando se dio cuenta resultó que había dibujado la plaza de ahí en
la otra cuadra de su casa. La pintó toda y quedó conforme, contento, otra vez
feliz. Se lo iba a mostrar a su mamá y a lo mejor con eso la convencía para que
igual lo dejara ir a jugar. Pero enseguida se dio cuenta de que algo le faltaba
al dibujo, ¿qué cosa le faltaba? El sol, claro, cómo no se había dado cuenta,
le faltaba el sol arriba, y entonces rápido rápido se puso a dibujar un sol amarillo
y le salieron sin querer unas nubes grandes y oscuras, muchas nubes así como
las de la tormenta en la ventana, y dibujó luego las muchas gotas de lluvia que
caían sobre el único habitante de la plaza, un pibe que le salió muy parecido a
él, y claro, si era él, cómo no le iba a salir muy parecido. Una lástima la
lluvia en la plaza de la otra cuadra, pensó Martín, y una lástima también
comprender que ya no le podrá mostrar el dibujo a su mamá, ni a su mamá ni a
nadie se lo podrá mostrar, con el papel así, todo mojado.
sábado, 14 de agosto de 2010
De quince
Había conducido el auto durante un largo tiempo, el gran ruido había quedado atrás y ahora sentía sed, más que antes, mucha más. Por eso, por la insoportable sed que me angustiaba, cuando vi la puerta abierta, entré. Por eso.
Casi sin transición aparecí en un salón iluminado por velas, veinte o treinta, tal vez más. También mesas con manteles blancos y sillas alrededor, y cubiertos dispuestos con elegancia, y copas de formas diversas, muchas copas, y flores en las mesas. Hice este inventario con angustia, ni una botella a la vista, y de pronto observé a la pareja. ¿Dónde habían estado durante esos dos o tres minutos? ¿Dos o tres minutos? ¿Quién me lo aseguraba? El hombre y la mujer conversaban de pie, detrás de la que parecía ser la mesa principal. Yo me había detenido a unos pasos de la entrada y allí permanecí. Después de un tiempo que no podría precisar, parecieron percibir mi presencia e hicieron silencio. Entonces ambos me miraron, pero fue el hombre quien hizo una seña o lo que yo interpreté como una seña, una especie de permiso o invitación a sentarme. Había tantas sillas y yo estaba tan solo allí, y sin embargo me llevó un buen rato la elección del lugar. Miré hacia la pareja en busca de ayuda pero ya ninguno de los dos reparaba en mí, charlaban, los dos hablaban al mismo tiempo. Supuse que cualquier sitio les daría igual. Y a mí también. Ni una botella, murmuré. Me senté a una distancia de ellos que me pareció apropiada, ni muy cerca ni muy lejos, pensé que así estaría bien, no quería molestar, ya vería luego, cuando llegara la gente. Eso. ¿Y la gente? La puerta seguía abierta y no había entrado nadie. Sólo yo. Nadie.
Algo incómodo, cada vez más inquieto y sediento, intenté distraerme contemplando el salón. No era tan grande como me había parecido al principio. Había algunos cuadros en las paredes, no parecían pertenecer a un único artista, eran de los más variados estilos y me llevaron a pensar en un museo, inclusive el olor del lugar remitía a museo, a cualquier museo, olor a pasado, a tiempo transcurrido. Las cortinas eran blancas, parecían envolverlo todo y dejaban adivinar una ventana detrás de la pareja, a la que le calculé alrededor de cuarenta años, poco menos tal vez. Había también un reloj allí, tan grande como antiguo, quise fijarme en la hora pero se había detenido, el péndulo permanecía inmóvil. Como yo.
Quizás había llegado demasiado temprano, imposible saberlo, y sin embargo no sé por qué supuse que los otros invitados se demoraban demasiado, que ya bien podrían haber llegado, pero no lo habían hecho y yo desesperaba de sed, sentía la garganta caliente, muy caliente y ávida, y recordaba haber tomado mucho, en verdad demasiado. Antes.
De pronto entraron al lugar cuatro muchachos.
En fila, con gesto altivo y a la vez indiferente. Ninguno saludó. Ni a mí ni a los anfitriones, que no parecieron darse por enterados. De todas formas, sentí recobrar algo de mi optimismo. Al fin, pensé, la fiesta daría comienzo de un momento a otro, bien pronto dejaríamos de esperar. Enseguida los cuatro se dirigieron al escenario, que yo no había advertido. El más alto se colocó a la batería, de inmediato comenzó a golpearla con furor mientras los otros comenzaban a afinar los demás instrumentos. El grupo quedó enfrentado a la pareja, y yo atrapado entre ambos. En medio del estrépito ya declaradamente desatado, la pareja pareció animarse, debían gritar para entenderse aunque no daban muestras de que esa circunstancia les importara, muy por el contrario, cuando uno hablaba el otro reía a carcajadas, se iban alternando en esto, daban una imagen de gran felicidad, de desencajada felicidad, diría.
Ese estado de cosas duró bastante, aunque no sé cuanto tiempo. Mi sed continuaba. Ya no sabía qué actitud adoptar, había tosido y estornudado, me había parado un par de veces o más, y había caminado, dado vueltas por el salón, y también aplaudí y grité. Creo que hasta hubiera bailado un poco, sí, hubiera bailado solo, pero ni una gota vino en mi ayuda. En algún momento pensé en irme, alejarme de allí, encontrar en alguna otra parte algo para beber, la tanta sed resultaba ya imposible de soportar, pero no quise ser descortés y di unos pasos hacia la pareja, quería al menos despedirme y agradecerles la hospitalidad, después de todo habían aceptado a un desconocido en su fiesta. En ese momento los de la banda dejaron de aporrear los instrumentos, la pareja cesó de hablar, se dieron vuelta y giraron la cabeza hacia la ventana. El silencio duró pocos segundos, y entonces se oyó la explosión, el gran ruido, otra vez el gran ruido, afuera. La actitud de los que antes hablaban y reían pasó entonces a la desolación más absoluta. El hombre y la mujer se abrazaron y quedaron en silencio, y enseguida comenzaron a sollozar. Unos minutos después, los de la banda recomenzaron con la tarea de afinar los instrumentos. La banda y la pareja parecían pertenecer a mundos diferentes. Y yo y mi sed, a otro bien distinto. Mi intención de marcharme flaqueó, sentí que mis fuerzas desfallecían, con esfuerzo volví a la silla, la misma silla de antes, creo. Miré la puerta abierta. Y los invitados que no llegaban. No llegaban.
No llegaban.
Todo siguió igual durante un tiempo que no logro precisar, todo igual hasta que vi entrar a una mujer. Así. De pronto apareció y se detuvo a los pocos pasos y observó durante unos minutos la escena. Minutos equiparables a una eternidad, así los viví, o así los recuerdo ahora, ahora que escribo. Al fin me puse de pie, había creído percibir un gesto en la cara de ella. La recién llegada se acercó a mí, me extendió su mano, iba a estrechársela y se la besé, sonrió y dijo que por favor me sentara. Tome asiento, por favor, así dijo. Se arregló un poco el pelo y también el vestido y siguió. Gracias por venir, dijo. No tiene nada que agradecer, contesté, nada, para mí es un honor y un placer, dije. Miró por unos instantes a alguna otra parte y de repente pareció acordarse de algo, de mí tal vez, puede ser, porque, cómo lo está pasando, preguntó, y yo le tuve que decir que bien, gracias, solamente que me estoy muriendo de sed, no, esto último no se lo dije, hubiera debido, pero no, bien, gracias, eso nada más le dije. Entonces fue que mencionó algo así como que los disculpara, pues mis padres no tienen la culpa de lo que pasó. Yo no entendí lo que quiso decir, y se lo hice saber, no entiendo lo que me quiere decir, le dije. Entonces habló del accidente, ¿usted no sabe lo que pasó?, mis padres, esos dos que usted ve allí, detrás de la mesa principal, habían alquilado este salón, pero en el lapso que medió entre la contratación del lugar y la fiesta, hubo un viaje, y en el viaje un accidente con el auto, no, mi padre no manejaba, un chofer manejaba, yo no llegué a conocerlo. Soy la única hija, iba a cumplir los quince y ellos estaban tan ilusionados, ¿comprende usted? Claro. Yo dije claro y no sé por qué lo dije y no sé si ella escuchó. Luego acotó que en ese tiempo dijeron que el chofer había bebido mucho, algo así informaron la policía y los diarios, ya no importa, ¿no es cierto que ya no importa? Cierto. Cada vez viene menos gente, hoy hasta ahora vino solamente usted y creo que ya no vendrá nadie más, ¿a usted qué le parece?, quizás por fin la de hoy sea en verdad la última fiesta de mis quince años, y me alegro por ellos, que podrán al fin descansar, lo lamento, eso sí, por los chicos de la banda, ellos quieren triunfar con la música y vienen una vez por año y, ya los ve usted, lo pasan tan bien aquí, ¿no es cierto que se los nota felices?
Es verdad, mentí, se los ve tan felices.
Ella entonces cerró los ojos y se estuvo un rato así, quizás recordando cosas de su vida hasta que se levantó de golpe, me va a tener que disculpar, me voy a cambiar, para bailar el vals, ¿comprende usted?
Claro, el vals.
Dijo entonces que la esperara, que iba a volver, que era una promesa.
Ella lo prometió.
No sé cuanto tiempo esperé. Por momentos sentía que alguien pasaba a mi lado y me rozaba, no sé, ideas mías.
Recién dejé de escribir y los observé.
Los padres de la mujer, que todavía no ha vuelto, parecen cada vez más tristes, ya no hablan. Ellos no hablan y los músicos se fueron y ya nadie ocupa el escenario.
Las velas titilan, parecen no consumirse, permanecen inalterables con sus llamas que alumbran de mala manera el lugar.
Y la sed.
Mi sed sigue, implacable, y la incertidumbre que me embarga le sigue los pasos. Resulta evidente que hay puntos oscuros en el relato de la mujer, pienso, datos que no cierran, situaciones increíbles, cosas muy extrañas, por cierto. Preguntas. Tantas.
Preguntas.
Si soy el único que ha concurrido a la fiesta, por qué no me sirven algo, algo para tomar, por favor, cualquier cosa líquida y con mucho alcohol, ya a esta altura de la noche necesito mucho alcohol. ¿La noche?
Y además, por qué la mujer me había rogado esperarla y ahora no regresaba a cumplir con su promesa.
Y la pregunta más importante, la única que tal vez vale la pena, por qué sigo yo acá.
Si los de la banda se han ido.
Y luego el tiempo ha pasado.
El reloj.
Las velas y las flores.
El hombre y la mujer, atrás.
Los miro.
Y ellos a veces me miran.
Ya no hablan ni ríen ni hacen nada.
Nada.
Están ahí.
Y aquí adelante estoy yo.
Rodeado de cortinas blancas.
Inmerso en el silencio y la sed.
La sed.
Escribiendo estas cosas.
Esperando
martes, 10 de agosto de 2010
Piedras abajo
Cae la llovizna y el hombre, que ya ni repara en ella, apostado en la terraza, con el cuerpo levemente inclinado hacia la derecha, apunta con su arma a uno de los que ahí abajo, en la calle, no se queda quieto ni un momento y coloca una piedra tras otra. Si al menos se detuviera un instante, si cualquiera de ellos se detuviera un instante, se ilusiona el hombre del arma, que sacude la cabeza para desprenderse de las gotitas y que enseguida se pregunta si él entonces tendría el valor o la suerte de disparar. ¿Y si tuviera alguna de esas cosas? ¿Y si además acertara con el tiro justo y derribara a alguno por la vía de un balazo en la frente? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué harían los otros? Los otros, sí, los que no ha podido contar de tan iguales y construyen ese empedrado bajo la llovizna que no cesa y el cielo que nunca aclara. Confusamente reconoce no saberlo, el hombre del arma apunta y no acierta con las respuestas, y tampoco sabe, o no lo recuerda ahora, cuándo fue que empezó todo, y todo es este presente en el que los de "la cuadrilla", como él llama al grupo, van colocando una piedra y luego otra y otra más y sin embargo la construcción parece no avanzar, como si cada piedra reemplazara a una anterior y así. Y así. Entonces el hombre en la terraza, que ha pensado todas estas cosas, que ha dejado de apuntar, que ha colocado el arma en el piso, apoyada contra la pared, lanza al aire un resoplido y repite el gesto de sacudir la cabeza, trata de fijar mejor la vista, intenta concentrar su atención y comprender los movimientos de los que están ahí abajo, en la calle, y una vez más no lo logra, falla como ha venido fallando hasta ahora. Tiene al menos una certeza, y eso lo tranquiliza un poco, pues los de "la cuadrilla", como él los llama, jamás elevarán la vista para mirarlo, la experiencia de esas jornadas se lo ha enseñado, porque ellos permanecen más bien distantes, indiferentes, lo ignoran o quizá simulan ignorarlo, y eso que alguna vez les ha gritado, si hasta los insultó aquella tarde de hace algunas semanas, pero ellos siguieron y siguen reconcentrados en su trabajo diurno. Diurno sí, porque durante las noches. Las noches ahí abajo son otra cosa, esa es la verdad, pero, se dice enseguida, mejor no pensar ahora en lo que será la noche, y menos justo ahora que la hija ha subido y le ha traído una taza con café o algo que debería parecerse, la hija no debe ni siquiera sospechar lo que sucede durante las noches allí abajo. Abajo, el insoportable abajo de las noches, cuando la oscuridad es casi total, apenas casi, porque la luz de la luna, aun con las nubes, le permite entrever lo que pasa en la calle y es terrible y, pero basta ya de pensar en eso, que la hija se moja también y le está preguntando algo y él en lugar de contestar le pregunta si ha dormido bien, y también si ha estudiado, y la hija parpadea y se encoge de hombros y dice para qué, y agrega que mamá ha dicho que le diga matalos, decile a tu papá que los mate, que los mate a todos, que hoy, que eso ha ordenado su madre, y el que hoy vuelve a sonar, implacable, definitivo. Entonces el hombre expulsa un suspiro, mira hacia las otras terrazas, y se da cuenta o acaso apenas intuye que ya no habrá un disparo para absolverlo, que ya los otros han dejado de vigilar y de apuntar a los de "la cuadrilla", como él los llama, o tal vez quede todavía alguno en algún lugar que él no alcanza a observar, eso podría ser, se esperanza, eso podría ser, se repite, y así entonces quizás podría surgir de alguna otra parte el fogonazo salvador, el movimiento que pusiera en juego una ficha nueva en ese tablero en el que los de abajo ponen piedras en la calle y los de arriba vigilan y apuntan y no hacen fuego y esperan, eso si es que a esta altura queda alguno, alguno como él, que no se va a dar por vencido, y cuando se da vuelta y quiere decirle algo la hija se ha marchado y la llovizna sigue, entonces agarra la taza y bebe el café, que a todo esto se ha enfriado, cada gota se ha puesto más negra y se ha enfriado en ese invierno que parece no irá a terminar jamás, mientras el ruido de las piedras abajo sigue. De un trago, o dos, no más, el hombre ha bebido y ya está de nuevo apuntando, o más bien tratando de apuntar a la cabeza de alguno que, hijo de puta, no se queda quieto ni un instante, ni uno, y se agacha y coloca una piedra y luego otra y él intenta tenerlo en la mira y tal vez un solo tiro bastaría. Así las horas de la mañana pasan y pasan, como piedras. Ahora es el mediodía, deduce el hombre en la terraza, abajo nada ha cambiado pero ha subido su mujer siempre con el mismo vestido y le ha traído algo para que coma. Es lo que hay, le ha dicho o es lo que él ha creído oír. La mujer se ha quedado algo alejada, no se asoma para nada a la calle y permanece algo rígida y lo mira, y cuando él mueve los labios ella abre la boca y le dice matalos, qué esperás para matarlos, no ves acaso lo que va a pasar si vos no los matás de una vez por todas, y cuando el hombre escucha las palabras, antes de que las palabras se terminen, deja de apuntar y apoya el arma a su derecha, contra la pared, y comienza a dejar que el pan se moje en su mano, el pan que le han traído, uno sólo hoy, apenas uno y tan breve, piensa, aunque no pregunta nada y el pan se moja en la lluvia que no cesa, y el hombre le dice a la mujer por qué no me trajiste ropa seca, y la mujer se da media vuelta y se aleja, y ya casi desaparece pero antes le dice te dije bien clarito que los mataras, y escupe con violencia y dice otra vez yo te lo dije y se va. La mujer ya no está y el hombre mira la terraza vacía y casi no la reconoce, tal vez por la bruma que crea la llovizna y que desdibuja todas las cosas. Luego come, despacio, el pan entra mojado en el cuerpo mojado. El cielo sigue igual y la llovizna sigue igual. El hombre termina de masticar sin apuro ese pan que le han traído y ahora le duelen las piernas, por momentos el dolor se le mezcla con el recuerdo del dolor, tal vez el de hace un rato cuando aún no se había dado cuenta que las piernas le dolían, o quizás el de hace unos años, cuando los dolores todavía no se le mezclaban. Trata de olvidar el dolor y se asoma y allí están nomás, las piedras, los hombres moviéndose y el paisaje de las piedras infinitas, y uno de los hombres ahora se está secando la frente con un trapo, guarda el trapo en el bolsillo y parece que va a mirarlo a él, pero no, se da vuelta apenas un poco y en apariencia habla con el que está al lado, y el que está al lado sonríe, asiente con la cabeza y no dice nada y se agacha y coloca una piedra, otra piedra que no agrega nada. Es noche ahora y la llovizna sigue. Las piedras están quietas. Las mujeres han llegado y los hombres de "la cuadrilla", como él los llama, comienzan a meterse en ellas, que van pasando de mano en mano, de cuerpo en cuerpo, una tras otra, y las mujeres se dejan caer una tras otra. Hasta el ruido de la noche es similar al que se escucha durante los días, un ruido seco y duro, y él que no cede, allí arriba, en la terraza, empapado en lluvia y sudor, sin descanso posible espera que su mujer o su hija le alcancen algo para comer y alguna ropa seca. Mientras tanto, fuerza la vista y ni siquiera alcanza a distinguir aunque sea una de las caras de las mujeres, al menos una de las que cada vez parecen ser más y más, es así, no hay vuelta que darle, como si cada noche alguna se sumara, o más de una. Pero las caras se le borronean sin remedio en el interior de la neblina mientras él se sigue mojando ahí arriba y ya hace rato que no apunta, no apunta y oye las risas de los hombres de abajo, que parecen esta noche renovarse y festejar algo, como si a la fiesta hubiera llegado el último invitado. El que permanece arriba sufre con las risas de los hombres que no dejan de moverse y de penetrar en las mujeres y no lo miran nunca. Ha sido una noche terrible, piensa el hombre, quizás la peor que le ha tocado presenciar, pero en algún impreciso momento advierte que por suerte ha terminado, un leve cambio en la luz del amanecer, o tal vez la señal haya sido el hecho de que las mujeres ya no están en la calle y están las piedras, lo que para el de arriba es casi lo mismo, salvo por las risas y el jadear de los hombres, porque el ruido es siempre igual, un ruido seco y duro, de piedras o de mujeres que se van incrustando. Y entonces, aunque llueve igual que los otros días y el cielo sigue tan oscuro como siempre y las horas han pasado tan iguales, el hombre se da cuenta de que algo ha cambiado. La hija no ha subido, y no hay café esa mañana y hay más viento, un viento arremolinado que lo hace tiritar. Y pensar. Tendría que disparar, ahora, ¿qué puede pasar?, o a lo mejor convendría esperar, ¿qué podría pasar?, con apenas un tiro la pesadilla habrá terminado, o comenzará a terminarse, se dice, pero no dispara, no dispara y las horas del día transcurren con los minutos cada vez más pesados, una carga por momentos insoportable, se dice, y encima nadie le ha traído ni bebida ni comida ni ropa seca, y que no importa, se dice el hombre en la terraza, no importan ni el frío ni el hambre ni el cansancio, ya nada tiene la menor importancia, ni siquiera el viento y la llovizna, se dice. Él no se va a dar por vencido, jamás, y apenas alguno se quede quieto apuntará bien y apretará el gatillo, se dice. Están atrapados, se dice. AUDIO: |
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