sábado, 7 de abril de 2012

La opinión de Daniel Teobaldi

La novela La Ciudad después del humo de Mario Capasso es algo realmente alucinante. Y cuando digo alucinante no caigo en el lugar común, sino que como lector me ha impactado la escritura que utiliza. Una escritura que es la base de un efecto casi hipnótico. Una escritura que combina, sin fisuras, un registro muy coloquial con uno muy culto. Eso es lo que produce un primer efecto de extrañeza, y que termina siendo la puerta de acceso a un mundo también extraño. Aunque los referentes sean decididamente reconocibles, lo que va construyendo esa escritura es un ámbito en el que los personajes deambulan con total incertidumbre. Se mueven entre los restos de lo que queda de un espacio para ir construyendo otros espacios en los que anclan. Imágenes tiernas en un mundo devorado. Y la humanidad que trata de salvarse de alguna manera. Una muy buena novela, que merece ser leída, con atención y con detenimiento.

Daniel Teobaldi, nacido en Córdoba. Es Doctor en Letras Modernas. Escritor y profesor universitario. Es autor de obras de crítica literaria, publicadas en el país y en el extranjero, y de obras narrativas: Los oficios inciertos (cuentos), La otra mirada (cuentos), Escrito en el aire (cuentos), Un lento crepúsculo (novela) y El final de la noche (novela).

jueves, 9 de febrero de 2012

Ezequiel Acuña, sus impresiones sobre La Ciudad...

En “La Ciudad después del humo”, un título hermoso, en verdad envidiable, se destaca una pronunciada impronta poética. La novela despliega una escritura que juega con el lenguaje, con la sonoridad y la similitud de los conceptos, con las frases y sus posibles dobles sentidos. Trazando una trayectoria elíptica, utiliza el recurso de la concatenación: un sentido conduce a otro y se desplaza hacia adelante en el lenguaje, llevando la palabra más allá de los límites. Aparece la metáfora como fuente permanente que, aprovechada al extremo, converge en una deriva general: primero en el pensamiento del personaje, luego en la narración de los distintos acontecimientos en la ciudad, reafirmados por ese encadenamiento de conceptos. En este párrafo, por ejemplo, se parte de un nubarrón y, en esa suerte de derivación y de vagabundeo, se va atando a una cadena y se va yendo:

"Le eché el ojo al nubarrón inicial que sobrevolaba la zona. Según mis mediciones se desplazaba a velocidad crucero y además vaporoso de un extremo al opuesto, haciéndose el guapo del barrio y sus esquinas más turbias. Sí, tal cual, porque el muy oscuro la posaba de compadrito, se las daba de remedo de lo que, al decir de los tangos y milongas y algún valsecito medio perdido, ocurría en los antiguos arrabales de antaño, en los alrededores de los faroles que mal iluminaban las ochavas y proyectaban las sombras de los chambergos de moda, mientras las percantas siempre malignas se quedaban abiertas entre glicinas y se enredaban con los malvones y, cuando el percal se les tornaba insoportable, al piantarse con la valijita te amuraban con una de cal y una de arena y ya al cruzar el patio emparrado te hacían sonar sin orquesta, en lunfardo o en el zaguán de los despechos".

Es ese despliegue del lenguaje y de los diferentes argots y anacronismos que se utilizan en la narración de los sucesos, el que lleva todo el tiempo a un aplazamiento del sentido último de un párrafo y nos sitúa ante un texto que, al alcanzar el ideal cortazariano, nos causa la impresión de estar leyéndolo siempre por primera vez: “Permití a las palabras hacer su vida, entrar en implosión si así lo querían”.

La llegada del humo hace que se pierdan los códigos, que se rompa el sentido de la comunicación: "las toses impusieron su lenguaje".

La soledad del narrador/protagonista denota la pérdida de la función comunicativa del lenguaje y lo presenta como un juego donde el personaje se entretiene narrando los sucesos a la vez que, en algunos pasajes de la novela, ejerce una especie de autoconciencia donde se cuestiona el camino que fue tomando la narración: “y por qué la ficción agarró para este embrollo de la muerte y no para otro más amable y comprador” o se separa el narrador del personaje, y se insulta a sí mismo: “escuchá atento y fuerte como un roble, pelafustán de cuarta generación". Se distinguen los planos, y eso tiene que ver con una fuerte impronta de subjetividad en el trabajo que sustenta el hecho del lenguaje poético.

La referencia al mundo exacto, a esa cierta realidad que suponemos conocer, pierde el interés dentro de la novela por falta de protagonismo. El protagonismo principal lo tienen los laterales, las derivaciones, las digresiones que hace el personaje, las distracciones en las que se embarca. Tal vez importe bastante más la historia, pero me pareció más relevante el gran trabajo, que de hecho me parece abismal, que se concreta con el lenguaje, con la escritura. Leí la novela desde ese lugar y cierro el comentario con una frase del crítico Roland Barthes, que esclarece esta posición:

“Lo que me gusta en un relato no es directamente su contenido ni su estructura sino más bien las rasgaduras que le impongo a su bella envoltura: corro, salto, levanto la cabeza y vuelvo a sumergirme. (...)

Por lo tanto hay dos regímenes de lectura: una va directamente a las articulaciones de la anécdota, considera la extensión del texto, ignora los juegos del lenguaje (...); la otra lectura no deja nada: pesa el texto y ligada a él lee, con aplicación y ardientemente, atrapa en cada punto del texto el asíndeton que corta los lenguajes, y no la anécdota: no es [la lógica de la historia, del relato] la que cautiva a esa lectura, sino la superposición de los niveles de la significación, [los niveles del lenguaje, los distintos lenguajes]
 
 
Ezequiel Acuña es estudiante de Letras en la UBA y periodista. Trabaja en Página 12 y coparticipa en la conducción del programa de radio "sin lugar para los débiles" en:

jueves, 25 de agosto de 2011

La Ciudad en librerías

Entrega a domicilio sin gastos de envío en Capital y gran Buenos Aires solicitándolo por mail a textos_en_escombros@yahoo.com.ar


Librerías donde se puede adquirir "La Ciudad después del humo":


Librería NORTE - Avda. Las Heras 2225 - Caba
La Libre - Bolivar 646 - Caba
FEDRO LIBROS, Carlos Calvo 578 – San Telmo
REFORMA, Cuenca 3285 – Villa del Parque
MORÁN, Pedro Morán 3254/58 – Villa Devoto
DEVOTO SHOPPING, Local 326 - Villa Devoto
CATERVA LIBROS, Esmeralda 887 - Caba
OBEL libros, Corrientes 1230 - Caba


Pedidos desde cualquier parte del mundo:
http://www.vivilibros.com/   
info@vivilibros.com


o encargar en librerías mencionando la editorial: MARTELLI Y LÓPEZ EDITORES
y la distribuidora:  CASASSA Y LORENZO

martes, 23 de agosto de 2011

Beatriz Isoldi sobre La Ciudad...

Me quedo con una rara sensación de que algo muy importante ha ocurrido. Es un libro increíble que no se parece a ningún otro aunque mientras lo leía me resonaba esa miradita cruel y desgastada de Henry Miller, la explosión irrefrenable de un Marechal, el agobio y el desconcierto de un Kafka o la pesadilla de Saramago en Ensayo sobre la ceguera. A todo eso hay que adosarle un estilo totalmente propio. Proust aparte, es increíble la cantidad de páginas dedicadas al despertar de este tipo (que ni siquiera tiene nombre, eso no se hace) casi un Adán Buenosayres encontrándose con la mañana. El argumento puede resumirse en una sola frase, y eso que es el argumento importa mucho menos que las sensaciones por las que pasa el personaje. Como dice Jeanmaire y Colautti, la escritura sobrepasa la historia y no nos podemos despegar de ella.


Beatriz Isoldi nació en Buenos Aires. Profesora de Literatura y periodista, jurado en numerosos concursos literarios, coordinadora de talleres literarios. Entre sus libros publicados figuran: Cuentos desde Amogán, Los amores imposibles (Novela - Premio del Fondo Nacional de las Artes), Encuentro con Venus (Cuentos - Faja de Honor de la SADE), Paisaje de la Batalla (cuentos), ¿Dónde estás? (cuentos infantiles), La noche de la luna roja (Cuentos - Primer Premio otorgado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires), El Pacto Secreto (Ensayo - Primer Premio otorgado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires) y Variaciones sobre un tema de Salieri

martes, 26 de julio de 2011

Nota de Germán Cáceres

Estamos ante una novela ajena al realismo y absolutamente libre en su concepción, de modo que cada lector puede interpretarla de acuerdo a su perspectiva y tener también su propia valoración.


La anécdota es leve y sobre todo escurridiza. Un narrador-protagonista cuenta que los habitantes de La Ciudad, ante la presencia de un humo que la cubrió por completo, debieron huir mientras él permanecía durmiendo en su pieza. Pero al retirarse la humareda, los ciudadanos regresan y entonces el personaje comienza a recorrer esa Ciudad maloliente -el hedor no deja de evocar la muerte-, sucia y en ruinas. Y se encuentra, así, con un mundo carente de sentido y, en estado de somnolencia, arriba a una estación de tren repleta de cadáveres, en la que encuentra a un perro flaco que le hace compañía hasta el final de la historia. Más tarde se produce una inundación causada y ambos navegan en un barquito del que no se dan precisiones. Porteros y policías sortean las aguas tomados de escobas, flotan computadoras con los usuarios pegados a los teclados, vehículos de todo tipo son arrastrados por la corriente y numerosas personas trepan por las pocas paredes que quedan en pie. Después de acceder a una autopista principal, en la que ocurren accidentes fatales y choques en cadena, desembocan en una zona de incendios provocados por una fábrica que fue quemada por los vecinos. El humo parece regresar, la gente empieza a abandonar La Ciudad y el perro también se aleja del narrador. Éste, en una suerte de leitmotiv humorístico, a lo largo del libro se siente acuciado por un abrumador deseo sexual que no encuentra forma de satisfacer y, a la vez que imagina mujeres despampanantes, recuerda los momentos gloriosos vividos en un prostíbulo situado en un callejón sin salida de La Ciudad.


Pero el auténtico protagonista de La Ciudad después del humo es el lenguaje. Mario Capasso (Villa Martelli, 1953), que, además de esta novela, tiene tres libros publicados, demuestra capacidad para enhebrar con ritmo y soltura períodos largos. En su prosa amplificada de frases caudalosas -resueltas con acrobática soltura- testimonia un amor incuestionable por la belleza del idioma y juega con las palabras, a las que suele darles un giro burlón e irónico recurriendo al lunfardo, a las locuciones populares y a oraciones que repiten títulos de películas, de canciones y de libros.


En cierta forma el texto se inscribe en la literatura del Absurdo al registrar un universo disparatado, tan inasible como fantasmagórico, con algo del espíritu de las misceláneas de Macedonio Fernández o de “los raros” uruguayos (Felisberto Hernández y Mario Levrero, entre otros). No obstante su permanente humor, la narración evidencia bastante pesimismo y transmite una sensación de angustia y de fuerte melancolía: “Costó, pero aquí estoy, sometiendo mis experiencias recién hoy a este tanteo de escritura que (...) irá a parar a la cavidad más atravesada de una biblioteca descartable y allí permanecerá hasta que se pudra el universo (...) porque todo un día será pasado y olvidado y borrado”. Para apuntalar este pensamiento una serie de monólogos interiores se encargan de reflexionar profundamente sobre la existencia.


La Ciudad después del humo es una novela que debe leerse con suma atención para indagar en sus múltiples sentidos y poder disfrutar tanto de los vericuetos de su magnífica escritura como de sus agudas introspecciones. El mismo autor tal vez da una pista kafkiana cuando sugiere: ”Como el caso de aquel agrimensor yendo a perpetuidad hacia el castillo, según había leído una noche de invierno en un sillón prestado, cuando ni soñaba con el humo y su proceso”.

Germán Cáceres es autor de cinco ensayos, tres libros de cuentos, dos novelas, tres libros de literatura infantil y juvenil, cinco obras de teatro y dos compilaciones de cuentos.
Recibió Mención de Honor Premio Municipal en Cuento. Obtuvo cuatro "Fajas de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores". Mereció Mención de Honor en el Concurso Internacional de Ficción sobre Gardel (Montevideo). La Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le otorgó el 1er. Premio Especial “Eduardo Mallea” por su ensayo La aventura en América. En octubre de 2002 fue premiado en el concurso de cuentos "Atanas Mandadjiev", celebrado en Sofía, Bulgaria. En 2005 ganó el primer y segundo premios en el “Concurso internacional de novela juvenil” organizado por la editorial HMR Systems.
En octubre de 2005 se estrenó su obra de teatro Knock out, fuera de combate, y en abril de 2007, Agua, piedras y escobazos.


Su participación en la web:

Presentación de La Ciudad después del humo - I -



Apertura de la presentación de la novela La Ciudad después del humo de Mario Capasso por el locutor Numa Viard.
Se refiere a los objetivos editoriales Luis García, editor responsable de Martelli y Lopez editores.
Lee un párrafo de la obra: Numa Viard.
Salón Cortazar de la Biblioteca Nacional el 21-07-2011

Presentación de La Ciudad después del humo - II -



Presentación de la novela La Ciudad después del humo de Mario Capasso en la Biblioteca Nacional el 21-07-2011. Se refiere a la Obra el periodista Ezequiel Acuña

Presentación de La Ciudad después del humo - III -



Numa Viard lee un párrafo de La Ciudad después del humo de Mario Capasso. Federico Jeanmaire se refiere a la obra durante su presentación el 21 de Julio de 2011 en la sala R.A. Cortázar de la Biblioteca Nacional

domingo, 24 de julio de 2011

Presentación de "La Ciudad después del humo" - IV -



Numa Viard lee un fragmento de La Ciudad después del humo. Mario Capasso agradece a los presentes cerrando así la presentación de su novela el 21 de Julio de 2011 en la Biblioteca Nacional

jueves, 30 de junio de 2011

Presentación de "La Ciudad después del humo" de Mario Capasso

Presentación de la novela La Ciudad después del humo, de MARIO CAPASSO, con prólogo de Sergio G. Colautti, editada por MARTELLI Y LÓPEZ EDITORES (que con esta obra inicia su inserción en el mundo del libro de nuestro país con una colección dedicada a difundir buena literatura, en cuidadas ediciones).

Palabras a cargo de Federico Jeanmaire, escritor, y de Ezequiel Acuña, periodista. Numa Viard, locutor nacional, leerá fragmentos de la obra. El evento será conducido por Belén Castellino.

La Ciudad después del humo es el cuarto libro de MARIO CAPASSO. Su novela El edificio y el volumen de cuentos Piedras heridas –2do. Premio, año 2003, del Fondo Nacional de las Artes– serán traducidos y publicados en Francia por EDITIONS LA DERNIÈRE GOUTTE.


Jueves 21 de julio, a las 19 hs. (Puntual)

Sala Augusto Raúl Cortázar

Biblioteca Nacional

Agüero 2502

sábado, 11 de junio de 2011

La Ciudad después del humo - Martelli y Lopez editores

- Porque las personas aquí presentes han emigrado contra su deseo y se merecen un análisis político y social y también esa parafernalia de conceptos con la que siempre arremetemos y que nunca se termina de entender.
Eso dije entre dientes y caries y algunos espacios vacíos, supongo que a modo de justificativo, antes de encarar una subidita por el mismo precio. Arranqué despacio, como si me aguardara un chiquero o el pago de una deuda.
Di unos cuantos pasos para adelante, tratando de no pisar a nadie, con alguna que otra excepción no tenida en cuenta. Cuando ya desesperaba, me pesqué en infracción y, como discurría sin caña ni red, me limité a imaginar una carnada y a tirar líneas porque sí nomás.
Ya en la cumbre de la subidita, ensarté un paréntesis sin grandes ilusiones, y ahí arriba me topé con un montículo imprevisto, compuesto de tierra y piedritas de origen y materiales diversos, que el viento y su designio impalpable habían creado poco a poco, según aposté con una bocamanga más baja que la compañera. Tal fue mi conclusión favorita, aunque no cabía descartar por completo la participación no sé si desinteresada de la violencia de género, según creo haber pensado con la ropa bien puesta y con una naturalidad que desconozco de dónde saqué.


La atmósfera preexistente se convulsionó. Unos cuantos relámpagos, quizá frutos del rayo que no cesa, más que estallar en la bóveda antes celeste e iluminar el cosmos y toda su parafernalia, aparentaron discutir entre ellos.
Una gran trifulca universal.
- La pelea del siglo.
Las muletillas y los insultos de la naturaleza sonaban cada vez con mayor fuerza y yo quería acusar recibo pero carecía de talonario. Pero no de labia.
- Por razones de estricto orden cósmico, yendo de un santiamén a otro aún más repentino, sin ninguna preocupación por las canciones de cuna, el cariño materno y la lactancia de los querubines, de una brevedad a otra va a largarse a llover sin chupetes, van a caer biberones de punta –sentencié sin cortes, no sé si ya con dicción de trueno o con la esperanza de obtenerla a la primera o segunda gota, bañado por la fascinación que esta perspectiva ofrecía, imaginándome enjabonado hasta las pestañas y algo más.
De súbito, en señal de desprecio hacia las dos o tres probables presiones que lo conminaban a apaciguarse antes de que fuese demasiado encapotado, el entorno en su totalidad comenzó a palpitar, a asemejarse al corazón de las tinieblas, una imagen que al toque vislumbré como una promesa en la figura de un gran barco en plena navegación hacia la nada. Calculo que ahí, durante esa campaña en la que el firmamento se puso a chirriar de lo lindo, empezó a desequilibrarnos la zozobra.
- Uy, uy, perro, perro, dale, dale que se arma el tole-tole y no me gusta repetir las palabras.
Con las tribulaciones correspondientes, ahí parados tipo mármol frente a los sucesos, continuábamos los dos, uno al lado del otro y viceversa. Yo con mis fantasmas y el pichicho supongo que con sus piojos y sus pulgas y algún que otro recuerdo de épocas mejores. Ambos pegaditos a la perspectiva de una iluminación que se nos prendiera del cuadril y que viniera a sacarnos de la parrilla en la que estábamos.
Para decirlo con franqueza, no sabíamos qué hacer y eso hacíamos.
Mirábamos.
El gentío fue aquietándose.
Una quietud rara, hasta que.
- Pichicho, presiento que algo, sin hacer ningún ruidito, agazapado como una adversidad que ahora retorna a las andanzas, se ha puesto a funcionar mal, muy mal y sin socorro a la vista –dije a modo de indagación de la realidad o de frase célebre destinada al olvido.
El declive, que hasta ese momento se había mantenido derechito, comenzó a inclinarse.
Y no bastó con eso.
Una vibración de la atmósfera se hizo presente y comenzó a desparramarse y a cobrar sentido en una cuota sola y en una sola dirección.La peor de todas.
- Ahora sí que la terminamos de embarrar. Más claro ya se notaría aguachento. Porque parece que se destapó la debacle.
Me di cuenta del colosal movimiento puesto en marcha y eso quise expresar a través de un par de gemidos.
El éxodo se había implantado en tierra fértil y conseguido fuerzas en las barracas y en los monoblocks y contaba ahora con sus adeptos, que por lo que se apreciaba sin mucho esfuerzo vendrían a ser, en principio, sin necesidad de enumerarlos, casi todos los habitantes de La Ciudad.

Martelli y López Editores
4709-1909 / 11-6162-1273

lunes, 2 de mayo de 2011

37 Feria del Libro

amigos, el próximo sábado 7 de mayo, a las 18 horas, estaré firmando ejemplares de "La Ciudad después del humo", en la Feria del Libro de Buenos Aires. Esto será en el stand 2536 del pabellón amarillo,
Quedan cordialmente invitados,

desde ya, muchas gracias,
un abrazo,
mario

sábado, 23 de abril de 2011

"La Ciudad después del humo" en la 37 Feria del Libro








La Ciudad después del humo en la 37 Feria del libro

Palabras antes del humo - Sergio Colautti

Tan inquietante como necesaria en la experiencia literaria argentina de estos años, la novela de Mario Capasso se deja interrogar por su naturaleza: ¿qué es? ¿Una profética humorada? ¿Una ácida mirada sobre el sitio del hombre en la hipermodernidad? ¿Una ironía lacerante que instala al lenguaje como única y provisoria posibilidad de ser en la intemperie? Tal vez las tres cosas y más: el despliegue narrativo se abre a la pluralidad de la recepción pero no deja pasar, en ninguna lectura, el estruendoso patetismo de un relato que objetiva el dolor, que naturaliza la tragedia y nos deja solos, perplejos, ante la desnudez de la indolencia.

El lenguaje, verdadero centro gravitacional del texto, abandona su descripción plana para diseminarse en otros lenguajes: descubre y redescubre paisajes y situaciones, insinúa perfiles no advertidos por la mirada convencional, construye escenarios que el realismo no suele desafiar; se deja atravesar, además, por la experiencia total del idioma: el fraseo del tango, del rock, de la costumbre callejera, de la invención literaria o artística, de la memoria histórica o política, en fin, de la cultura en todos los pliegues posibles. Así, Capasso logra un doble movimiento sorprendente y eficaz: focaliza lo verosímil para hacerlo narración, para contarlo desde su humor incisivo y su irónica indagación del vínculo entre la Ciudad y sus hombres, y a la vez recupera a cada paso las esquirlas, los retazos y los bordes de la memoria cultural. Desde ahí escribe Capasso, que, como ha escrito Federico Jeanmaire, «se siente cómodo en ese lugar tan incómodo, en los márgenes, en los límites de la escritura misma». Un cruce de textos en el que nace su texto: un humo convertido en lenguaje y un lenguaje que, desesperado, convoca a todos los intertextos que le dieron sentido durante siglos y que parecen acabar con ese último hablante.

Una inminencia del silencio late en cada frase del narrador, por eso la desmesura de sus párrafos generosos y la ebullición de subordinadas, que contrastan con el laconismo cerrado de sus frases conclusivas: una respiración que teme dejar de ser, una voz que presiente su afonía…

En un pasaje, el narrador desea ser gorrión y decir la palabra «nido» y «sugerir que estoy queriendo significar otra cosa, o que el nido esconde un secreto cuya revelación es imposible»; esa relación entre las palabras y las cosas viene a decir lo que el espacio literario es en la narrativa capassiana: un humo que deja ver mejor, un espacio extraño y a la vez cotidiano, donde se vislumbra, no sin escamoteos, el latido más real del hombre urbano que sobrevive, como puede, a sí mismo y a sus propios días.

Tal vez el humo sea el borramiento de lo real, el desdibujamiento de todo lo visible, el espejo esperpéntico que nos permite ver diferente para ver más; la escritura no sólo describe la Ciudad después del humo, también la inventa, pero para comprenderla mejor, para indagar sus formas ocultas, sus recovecos, para saber de su invisibilidad. El pasaje que reúne a Sartre y Camus no es casual y opera del mismo modo en que cada registro de la novela decide significar; peste y angustia, en este caso, resemantizados para hablar del humo invasor y sus efectos.

La Ciudad después del humo parece escrita desde un territorio que cobija sin colisiones lo culto y lo popular, un sitio de cruce entre lo universal y lo local: una pesadilla de Kafka escrita en el tono melancólico de Cátulo Castillo.

El final del relato, expandiendo esa pesadilla, esa herida absurda, esconde una de sus zonas más brillantes: un bombero ensaya una explicación del incendio inscripta en el itinerario bíblico; el discurso se inserta con admirable eficacia en la construcción literaria, pero, además, se abre a su sentido existencial, siempre presente en el texto pero, en el aliento último de la escritura, más decisivo para decir la conmovedora desolación del hombre frente al cosmos en llamas, tan indiferente a su destino, ahora que se ha quedado sin Ciudad, sin perro y sin palabras.

domingo, 17 de abril de 2011

La Ciudad después del humo

Durante el auge de esa temporada ahumada, que careció de semejanzas y muchedumbres, caracterizada entre otras curiosidades por una decadencia dispar, sin un acuerdo previo al que aferrarnos, asumiendo la actitud que se nos antojaba en el lugar menos indicado, todos nos doblamos en menor o en mayor medida y tosimos como bestias.

Las toses impusieron su lenguaje, un lenguaje sin límites ni costumbres, con los antecedentes por el piso.

Una tos no significaba lo mismo que otra tos.

La longitud de las expectoraciones quería significarnos algo que apenas imaginábamos o jugábamos a ignorar o poníamos bajo sospecha.

En lo que respecta a la anchura de algunas partes del invasor, se generaron varias quejas, en especial desde el bando receptor.

Todo se oscureció.

Muchas fotos se velaron o fueron apartadas.

Los días y los lugares se enrarecieron de una manera extraña.

Determinadas palabras comenzaron a designar objetos inexistentes.

Y ni hablar de nosotros, los ciudadanos de a pie juntillas, que andábamos de acá para allá perdidos en la noche, como exilados en la neblina. Así, totalmente deshermanados, conformábamos una manga de parias ojerosos sin otro destino que la baldosa siguiente y el siguiente bache, según murmuraban algunos, los que más erraban o los que fallaban al dar los pasos y tardaban en volver a la superficie.

A lo sumo, si las circunstancias se presentaban favorables, íbamos por ahí tragándonos las bocanadas y simulábamos ser simples transeúntes sin preocupaciones y nos mirábamos o creíamos mirarnos sin reconocernos, inmersos en la levedad que la humareda nos producía.

Lo dicho. Vagábamos como parias condimentados con grumos de tamaños diferentes y sin ninguna suspicacia admitíamos, en especial en los pasajes sin salida o en las estaciones de subte en las que apenas se podía respirar y costaba un sofocón el bajarse o el subirse, que de seguir así de ahumados por el transcurso de la vida pública, se nos caería el pelo a montones y a los pocos metros agregábamos que, si queríamos conservar la cabellera con o sin motivo, bien pronto debíamos cambiar de loción para después de la afeitada o de crema depilatoria para antes de la pasadita letal para los pelitos.

Fragmento del Capítulo 1: Algo revuelve el avispero de la novela "La ciudad después del humo" de reciente aparición

lunes, 7 de febrero de 2011

Jorge Luis Borges: El libro infinito

En una de las conferencias del año 1978 en la Universidad de Belgrano, Jorge Luis Borges, hablando sobre el libro, señala:

“Un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más”.

Borges coloca entonces al libro en el lugar del asombro metafísico.

La narrativa de Borges despierta justamente un asombro permanente por la elección de las palabras para transmitir los temas que el autor considera como fundamentales y a los que vuelve una y otra vez, ya sea a través de sus poemas, cuentos o ensayos. Cada palabra en los textos de Borges parece ser la precisa, la única e imprescindible para tratar esos temas y dejarnos un sabor agridulce al hacernos comprender que cada una de esas palabras abren, a su vez, una serie de caminos posibles que se bifurcan a cada paso.

En este trabajo se esbozarán algunos de los temas borgeanos y los elementos de los que se sirvió el autor para darnos a conocer su filosofía personal y su vasto mundo interior para resultar en una obra que hoy es reconocida y estudiada en el mundo entero por los más diversos especialistas y que está llegando, así parece, al corazón y al intelecto de los argentinos a doce años de la muerte física en Ginebra. La idea es que este modesto análisis sirva de guía introductoria a los que quieran incursionar en el universo borgeano, con todo lo que contiene de maravilloso y fantástico pero también de verdad reveladora aunque en constante evolución.

Además, se tratará de mostrar en pocas líneas y con las limitaciones del caso, que los elementos y los temas de Borges tienden a cerrar en la idea de que hay un solo y único libro universal que se escribe desde siempre y para siempre.

Borges parte de la premisa de que la realidad es un caos. Por eso elige el cuento como género narrativo excluyente, ya que este género, como ningún otro, requiere la coexistencia de un orden y una trama perfectos, carente de detalles innecesarios. La ausencia de rasgos locales y la imprecisión en el tiempo son características de sus cuentos así como una sutil e inconfundible estilización de las distintas voces narrativas de las que se vale el autor. La estructura en abismo parece encerrar un cuento dentro de otro, como un juego de cajas chinas. Podemos decir que son cuentos al infinito.

Los relatos poseen una característica de laberinto y circularidad donde una pequeña cuota de azar influye en lo ya determinado, en lo fatal del orden establecido por un caos en el origen y en el destino de los seres y las cosas. Digamos de paso que las cosas tienen vida en el universo borgeano, ejemplo de ello es el puñal que aparece en varios de sus cuentos de orilleros; en contra de la mentalidad usual que coloca el poder en la empuñadura, Borges lo traslada a la hoja que así se adueña del destino de los hombres.

Cada elemento es reflejo de uno anterior y se refleja a su vez en otro. Así infinitamente en un juego de espejos donde el soñador y lo soñado se confunden. El relato “Las ruinas circulares” es paradigmático ejemplo de esto.

La perplejidad se instala de inmediato en el lector que saborea la duda de enfrentarse a personajes reales o entes de ficción. Esta duda primera se bifurca luego en otras, tal vez las más importantes y cruciales a los que cualquier ser humano se enfrenta:

1- ¿Quién es el otro?
2- ¿Quién soy yo?

Resumiendo, valiéndose de lo cíclico y circular; tomando como elementos los espejos y lo interminable de los reflejos que en ellos tienen lugar; los laberintos; la metatextualidad; la interacción del soñador y lo soñado; el paralelismo y la simetría de los hechos y lo insustancial del mundo se desencadena en la visión filosófico-poética del autor que propone a la vida como un juego de ajedrez en el que todo parece estar predeterminado salvo una pequeña cuota de azar que hace que en la trama del mundo hasta los acontecimientos más terribles alcancen un sentido. El idealismo absoluto recorre los textos de Borges. “Más bien que escribir, Borges indica un relato: no sólo aquel que él podría escribir, sino aquel que otros podrían haber escrito”. (Pierre Macherey, Borges y el relato ficticio). Es que Borges es un gran lector que, tamizadas por su genio, nos devuelve las lecturas que ha tenido.

Los temas fundamentales en Borges son:

El caos y el cosmos.
El infinito.
El destino.
El tiempo.

Borges aborda estos temas con los elementos mencionados, siempre. Lo hace en lo que podríamos denominar las tres vertientes fundamentales de su narrativa: lo fantástico, lo policial, lo orillero.

Con las diversas formas de intertextualidad utilizadas, ya se trate de la inserción en la trama de citas verdaderas o falsas o la remisión a libros imaginarios o reales, Borges nos da en varios de sus relatos la impresión de contarnos un cuento donde nos señala a su vez cómo se escribe un cuento. La intertextualidad en Borges sirve además para justificar un relato y hacernos ver que la historia de la literatura universal no avanza en forma cronológica o lineal sino que se repliega sobre sí misma y se convierte en un tejido donde los precursores se convierten en discípulos. El plagio se transforma en re-escritura adaptada a un nuevo contexto histórico y social. Así el lector o receptor productivo transforma la obra en otra de su autoría, indefinidamente, ya que se destruye el mito de la propiedad exclusiva de un texto. Priva en Borges la invención, la imaginación, el sueño creador del escritor entendido esencialmente como lector. Ejemplo de ello es la biblioteca infinita de Tlon en donde todo es anónimo, en donde los personajes se leen a sí mismos y nosotros, lectores, somos también personajes porque alguien nos lee. Lo real es cuestionado. En conclusión: no hay autor ni texto original. Se establece una ley de recurrencia infinita.

Maurice Jean Lefebve, en su ensayo “Quién escribió a Borges”, señala:

“Al condensar en una delgada superficie de textos una multiplicidad infinita de hechos, sugestiones y sentidos, al continuar las enumeraciones con gusto de eternidad, al hacer también (como los espejos que se miran) que cada relato sea capaz de producir su propio reflejo, el autor abre la mente a un vértigo y a una magia problemática e inexpugnable que es propiamente lo que se llama literatura”.

En el relato “Borges y yo”, el autor postula la existencia de dos Borges, el “real” y el “literario” y en el final nos angustia al declarar no saber cuál de los dos escribe esa página. Asimismo, nosotros, los lectores de Borges, no somos los mismos cada vez que lo leemos.

Los cuentos de Borges parecen largos y por el contrario, en general, son breves. Es que se emparentan con el sueño de los que solemos recordar una parte a pesar de que intuimos que en realidad hay mucho más que se nos escapa de la memoria. Percibimos que detrás de lo dicho hay una inmensidad que se esconde y que amenaza colarse por los intersticios que cada lector pueda a su vez dejar filtrar en ese juego constante y superador.

En la misma conferencia que citábamos al principio nos dice Borges: “Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado”. Esto nos parece una definición inquietante y movilizadora. Reescribiendo a Heráclito, a quien Borges solía citar, podemos decir: “Nadie lee dos veces el mismo libro”.

“Que otros se jacten de las páginas que escribieron; yo estoy orgulloso de las que he leído”, declara Borges en una sentencia magistral. Hemos visto o leído muchos reportajes en los cuales Borges nos deja, con su ironía y fino humor, la pelota picando, como se suele decir. Así, en sus ficciones, sucede de la misma manera.

El lector, el silencioso pero inquieto y activo lector, tiene para sí la última palabra. Esto ocurre en general con gran parte de la narrativa actual. Sin embargo en Borges la cuestión es central por la particularidad de su intensidad, de la exageración, por la excesiva utilización de los atributos habituales de la literatura y del lugar que ocupan en lo profundo del texto.

Al principio la literatura borgeana puede parecer un alarde de erudición, una cosa incomprensible para el no iniciado; luego, abandonando el individualismo que cada lector lleva consigo, se vislumbra un cosmos pleno de magia, tal cual sucede con los sueños donde a pesar de que parecen confusos son a la vez perfectos en su libertad y nos trasladan a una dimensión más allá del tiempo y del espacio.

Los cuentos de Jorge Luis Borges quedan flotando en la mente y el corazón del lector para que los llene de sentido, los nutra con sus vivencias anteriores, con su sensibilidad e imaginación, pero partiendo de un todo (la trama perfecta) y retornando, luego de seguir las reglas del juego, a mantenerlo siempre igual a sí mismo para los lectores de los tiempos futuros que a su vez volverán a participar de la alegría asombrosa de seguir escribiendo (soñando) el libro infinito.

Bibliografía consultada.

BORGES Y LOS ESPEJOS FUGITIVOS. BORGES Y PIGLIA, LECTORES DE LA DISPERSIÓN. Sergio Gustavo Colautti.

J.L. BORGES. Autores varios.

REALIDAD Y FANTASMAS EN EL RELATO BORGEANO. Elsa Repetto.

jueves, 2 de diciembre de 2010

fines de octubre, más o menos

En esta época ya se empieza a escuchar la frase, cómo se pasó el año, se fue volando.
Entonces imagino que nuestro tiempo es un pájaro que nunca se detiene, que vuela siempre hacia el futuro, a veces más rápido y otras veces más lento. El viento, pienso, es su amor imposible, que por momentos lo impulsa y por momentos lo frena. Imagino también que el pájaro no conoce su destino, y que en cualquier momento se encontrará con una ventana cerrada.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

lunes, 1 de noviembre de 2010

Una cierta magia

                                                  En homenaje a los cien años de mi barrio

Mirá, hagamos una cosa, mientras caminamos y nos vamos acercando, te voy dando algunos detalles, a ver si acertás. ¿Te parece bien?

Si hablamos de colectivos, el 161 atraviesa el barrio de este a oeste y viceversa, de una punta a la otra, por decirlo así. Entre Mitre y Constituyentes, cada vehículo luce a la derecha del conductor un cartelito rojo que exhibe justamente la palabra que vos tenés que decir, si querés ganar este pequeño juego. Además, para seguir en el rubro del transporte público, las líneas 67 y 110 tienen sus respectivas paradas ubicadas adentro, en el corazón de la barriada. Son datos que a lo mejor te pueden ayudar a adivinar.

La calle principal o al menos la que tiene más movimiento comercial, se llama Laprida. Para mí que se llama así por el tipo ése del Congreso de Tucumán, de cuando se declaró la Independencia, y me parece que algo de eso hay también dando vueltas en las esquinas, ¿sabés?, porque por ejemplo existe por ahí metido también un pasaje llamado Paso de la Patria.

Algunas otras calles tienen nombres de países. A lo mejor esto es así para que nosotros, los que vivimos ahí, cada tanto, caminando y silbando quizá un tango o un rock, pensemos en la posibilidad de otros lugares, pero como al parecer somos medio querendones, no nos vamos nada, nos quedamos acá y andá a cantarle a Gardel o sino, para adelantarnos un poco en el tiempo, vamos a brillar, mi amor.

Ah, me parece que medio te desorienté, o quizá te desorientaste sin querer. Desorientar tal vez quiera decir algo así como perder el horizonte. Por suerte no es nuestro caso, digo, el caso de los que vivimos y respiramos el aire de este barrio que vos tenés que decirme cómo se llama.

Claro que hay lugares quizá más lindos y pintorescos, o más bacanes. Eso no te lo voy a discutir, aunque este dato no te ayudará a descubrirlo. No es lo realmente importante, ¿entendés?

A ver, pará un cacho, dejame pensar cómo te explico lo esencial.

Escuchame con atención.

Hay una especie de misterio que roza las paredes y rebota en las ochavas e impregna la atmósfera para darle su toque diferente. Che, pará, no pongas esa cara, no es para asustarse, al contrario. Cuando digo misterio, quiero decir que aunque no lo veamos ronda en las calles del barrio un espíritu que nos trasciende, una manera de ser que se evidencia hasta en los gestos y en las palabras y en los silencios. Hay una cierta magia que flota en el ambiente, cruza las bocacalles y se mete en los interiores y una parte creo que se posa también en las azoteas. Uh, por tu cara me parece advertir que estás pensando que te compliqué la adivinanza, pero ya vas a ver que no, no es para nada difícil, es más bien sencillo. Solamente hace falta andar un rato por ahí y dejarse encantar. Luego podés suspirar y pararte, por ejemplo, en Perú y Adolfo Alsina. En alguna de las veredas, claro, que si no. Después de un rato, que no tiene por qué ser demasiado largo, elegís la cercanía de un umbral o de la sombra de un árbol. Ahí podés hacer la prueba de cerrar los ojos y dejarte recorrer por los fantasmas del pasado, que enseguida o más o menos enseguida vendrán y comenzarán a saludarte con el afecto de siempre. Y a alguno de estos amigos tal vez se le dé por comentarte acerca de los cien años de historia barrial, y cien años de esta mística de la amistad no es joda, cualquiera que haya nacido acá o haya adoptado el barrio en algún momento, te lo puede decir.

Mirá, mejor hagamos lo siguiente, si estás de acuerdo. Vos vení conmigo, ya vas a ver lo que es sentirse bien, saberse uno más y a la vez dueño de un tesoro incalculable. Estamos cerca.

A esa plaza que ahora estás mirando, lo traía a mi pibe a jugar y cada vez que paso me acuerdo. Él ya es grande y también se acuerda y así funciona el asunto. Una especie de murmullo en los pliegues de la memoria.

¿Ves ahí enfrente ese monolito que hace referencia a la marcha por la Reconquista? Eso quiere decir que ya casi llegamos. Cuando el semáforo nos habilite, cruzamos la avenida y listo.

Vení, entrá nomás, al final el nombre no importa demasiado. Lo que en verdad vale es la gente y sus sueños. ¿No te parece?

Ahora pongo la pava en el fuego y tomamos unos mates en el patio.

Estás en tu casa.

Texto publicado en el libro VILLA MARTELLI…una gran historia, Ediciones AQL

sábado, 9 de octubre de 2010

Barrios

De un tiempo a esta parte, muchas personas se han ido a vivir a unos barrios transformados en fortalezas o gallineros, según. Sucede que, para ingresar en el que les corresponde, los habitantes deben identificarse hasta por los poros y contar con al menos tres testigos. No vale el testimonio de la familia o de los guardianes, eso desde ya. Así que volver a su casa, para esta clase de personas, ha dejado de ser una rutina y se ha convertido, cuando se concreta, en una gran alegría, como cuando uno regresa del exilio, por ejemplo, o de pasar una temporada en una playa con mal tiempo o en una prisión de máxima seguridad, más o menos como ésa a la que quieren ingresar sus propios dueños, una celda dentro de todo bastante cómoda, llena de artefactos muy modernos, con la única contra de estar ubicada dentro del barrio.

martes, 28 de septiembre de 2010

un sol al sur

porque hay un sur que no se consigue así nomás, a la vuelta de la esquina, como quien dice, hay que amasarlo mucho y ganárselo poco, ¿sabés?, pero ni siquiera es para uno, en esto no te confundas, hay que darle una mano porque está hecho del barro de los lugares que amamos, es el sur real del barro verdadero, en el que chapoteamos desde el primer rebote de la pelota de goma o el vestidito de la muñeca de plástico, sin otra fortuna ni falta que hace, y la salida es una cloaca, ¿sabés?, y en cambio existe un sol para el que quedarse, pero el sol del que te hablo no vino a brillar, más bien se nos viene encima, cada día, en todas las horas, y es bueno, muy bueno tener un papel y un lápiz y saber dibujarlo, así, como vos me estabas diciendo recién, antes que yo te interrumpiera por esta especie de falla del corazón que me saltó de golpe, y como me lo vas a decir ahora, mientras escuchamos la música, amor,

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Mario Capasso lee en "La subasta"

Mario Capasso anticipa un fragmento de su próxima novela a publicar en "La Subasta" Café Literario coordinado por Norma Padra el 18-09-10

viernes, 17 de septiembre de 2010

Piedritas

Creo que a veces una piedra, una piedrita cualquiera, puede encerrar un secreto terrible, cuya revelación se producirá tan sólo en caso de patearla sin darnos cuenta y si uno sigue caminando como si nada hubiera pasado. Por eso ando así por las calles, sin mirar para abajo, con la sensación de haber perdido, quizás en la esquina recién cruzada, la última oportunidad de descubrir y conocer la verdad que me estaba destinada y que quedó atrapada allí, en el interior de una piedrita cualquiera.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

"Piedras heridas" (contratapa) Sergio Gustavo Colautti

El universo capassiano: un sitio en el que conviven algunos personajes comunes con otros desmesurados, algunos invisibles con otros imperceptibles en la ciudad laberíntica. Un territorio en el que transcurren las vicisitudes del absurdo pero ocultas en el simulacro de la costumbre, el tedio y la resignación. Un aspecto, sin embargo distingue este universo y lo instala en una tradición (Arlt, Cortázar, Moyano, Aira, Hernández...): la tristeza metafísica de sus personajes, la aspiración -o desesperación- por una realidad distinta e inalcanzable, incomprensible además, que todos y cada uno de sus hombres arrastran con muecas de dolor, de espanto y, a veces, con el atajo de la risa o la ironía, que deconstruyen "los edificios" que parecían tan inquebrantables hasta convertirlos en una escritura de los escombros.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Fotocopia

Cuando a Vicente ya le dolían las dos piernas, escuchó la voz del hombre apostado del otro lado de la ventanilla. La pregunta lo sorprendió y apesadumbrado contestó que no, que no tenía una fotocopia, que cuando él preguntó no le habían dicho nada al respecto, que entonces dónde se podía sacar una. Y luego, que por favor lo esperara, que volvería pronto, que hágame la gauchada de no cerrar, que la cola había sido larga, muy larga, ¿sabe?.
Vicente salió del edificio y dobló hacia la derecha, así le habían indicado, saliendo a la derecha, ahí nomás. Sí, tal como le había dicho el hombre, allí estaban ubicados los dos locales tan iguales que anunciaban el mismo servicio. Eligió uno y entró. No había clientes a la vista, tan sólo los dos empleados detrás del mostrador. Los miró y llegó rapidamente a la conclusión: sin dudas acá trabajan bien. Los empleados no se movieron durante un buen rato, parecían estudiarlo, medirlo, pesarlo.
- Por favor, quédese quieto un momento. Sí, así está bien - dijo finalmente uno.
Hubo una luz entonces, y un ruido.
- Listo, ya pueden irse -dijo el otro, observándolos con satisfacción.

martes, 17 de agosto de 2010

Mario Capasso "el escritor del silencio" Alejandro Manrique

Leer la literatura de Mario Capasso es fácil, hablar de ella con alguna pretensión abarcativa ya no es tan simple, y es que el hombre se las trae. Como hipótesis tentativa de trabajo trataremos de abordar la obra desde 3 diferentes niveles de profundidad: Superficie - Elementos formales - Lenguaje, (y que el diablo se apiade de nosotros).
Al mirar los libros de Capasso desde los aspectos más externos, encontramos una forma narrativa lineal de acceso amigable hasta para el lector más novel. La lectura se ve facilitada además por una dosificación generosa de humor, la ausencia de artilugios forzados (fracturas temporales, formatos circulares, alusiones a teorías o autores crípticos) y en general, su llaneza impresiona por lo despojado y ameno. En pocas palabras, Capasso no cae en el vicio de escribir "para escritores" sino más bien podríamos decir que su obra es "apta para todo público".
Ahora bien, cuando rasgamos la superficie para ingresar apenas en la estructura formal bajo la piel de letra llana, a poco andar comienza a evidenciarse una arquitectura rica y compleja.
Resulta particularmente destacable la "economía de guerra" con que Capasso administra el discurso, la mesura sin amarretismo, el balance entre lo dado y contado.
Tanto "El edificio" como "Piedras heridas" revelan una prolija construcción "piedra sobre piedra" conformando mecanismos narrativos en los que -como lectores- no sentimos que nada falte para hacernos una composición tempo-espacial completa, pero a su vez, el autor no se deja seducir por la tentación de grandes parrafadas ni extensas (y pesadas) descripciones. Sólo el mínimo indispensable para dotar de sentido a la narración confiriéndole liviandad, como un largo camino que recorreremos entretenidos y sin fatiga.
Si ponemos atención, se torna visiblemente operativo el sembradío de contribuyentes de clima que nos sumergen -tan imperceptible como inevitablemente- en el universo del texto.
Sin violencia, como llevados de la mano sin apuro, nos vemos inducidos a vivir "su" lluvia, su frío, sus percusiones sonoras, sus días de luz o sombra como si fueran nuestros, con la constancia y la serenidad de la gota de agua que horada la piedra. Hay allí un clima que nos pulsa, nos compele a involucrarnos aportando -con o sin nuestro consentimiento- nuestro cuerpo como interfase física del texto.
Con sólo estos dos pilares anteriores bastaría para instar la función participativa del lector, sin embargo Capasso agrega una intencionalidad visible en la suscitación de que "hay algo allí" que está escapándosenos, y ese es el punto en que la sospecha nos empuja a completar el cuadro con datos de nuestra experiencia personal, y asociar inevitablemente con metaforizaciones de la historia nacional, social, religiosa, etc. Punto sin retorno para el lector, ya estamos dentro de la obra coparticipando en la tarea autoral.
Podríamos llenar varias páginas dando cuenta de cada uno de los elementos formales utilizados en general con eficacia y cuidado, pero intentemos un abordaje apenas más profundo yéndonos a la "materia prima" pura: el idioma.
Particularmente en "El edificio" Capasso muestra genio trabajando lo indecible desde el silencio.
La 1ª frase de la novela dice textualmente: "El edificio en el que me ocupan en algo, consta al parecer de cinco pisos los lunes" inaugurando un modus operandi que ya no abandonará la obra hasta su mismo fin.
El truco consiste en que la frase está completa, formalmente íntegra, es directa y porta sentido suficiente para ser fácilmente inteligible, pero no es necesaria ninguna sesuda elucubración para percibir nítidamente que "dice" mucho más de lo que dice. Veamos.
Una lectura superficial de la oración nos informa que el personaje es ocupado por alguien/es, en algo, en un edificio que -al parecer- tiene 5 pisos los lunes, y eso es todo.
Allí termina el cúmulo de datos, sin embargo una vez leída resulta inevitable comenzar a preguntarse por esos "alguien/es", ese "algo" en que lo ocupan, cuántos pisos tendrá los días que no son lunes, y cuál será la razón para este fenómeno. En otras palabras, sin darnos cuenta hemos leído lo ilegible: el silencio.
Muy pocas palabras alcanzan para introducirnos en un arduo trabajo idiomático que se verá sostenido de cabo a rabo de la obra.
Allí es donde se evidencia el manejo del genio capassiano, en ese profundo trabajo sobre el lenguaje volviéndolo contra sí mismo, explotando sus deficiencias como recurso, apuntando allí donde el idioma no tiene respuestas para obligar al lector a buscarlas por sí mismo al mejor estilo de la propuesta de Eco en "Opera aperta".
Naturalmente no acaban aquí las observaciones destacables que podrían hacerse sobre estas obras, pero no se trata de demostrar cuánto sabemos sino apenas de puntuar algunos recursos que impresionan por su fluidez y funcionalidad en el conjunto. Lo demás queda a cargo del lector que -estoy seguro- lejos de verse defraudado en sus expectativas encontrará mucho más de lo que podamos señalarle en esta breve aproximación. Habida cuenta además de que la crítica es, fue, y será una actividad parásita encabalgada sobre el lomo de la obra, al fin lo único que cuenta.
Como opinión de lector: El Edificio es -junto a "Misión en el Estuario", de Pablo Vecino- una de las dos novelas argentinas más logradas de la última década.

http://www.autoresdeargentina.com/contenidos/criticascapasso2.aspx






sábado, 14 de agosto de 2010

De quince

Había conducido el auto durante un largo tiempo, el gran ruido había quedado atrás y ahora sentía sed, más que antes, mucha más. Por eso, por la insoportable sed que me angustiaba, cuando vi la puerta abierta, entré. Por eso.
Casi sin transición aparecí en un salón iluminado por velas, veinte o treinta, tal vez más. También mesas con manteles blancos y sillas alrededor, y cubiertos dispuestos con elegancia, y copas de formas diversas, muchas copas, y flores en las mesas. Hice este inventario con angustia, ni una botella a la vista, y de pronto observé a la pareja. ¿Dónde habían estado durante esos dos o tres minutos? ¿Dos o tres minutos? ¿Quién me lo aseguraba? El hombre y la mujer conversaban de pie, detrás de la que parecía ser la mesa principal. Yo me había detenido a unos pasos de la entrada y allí permanecí. Después de un tiempo que no podría precisar, parecieron percibir mi presencia e hicieron silencio. Entonces ambos me miraron, pero fue el hombre quien hizo una seña o lo que yo interpreté como una seña, una especie de permiso o invitación a sentarme. Había tantas sillas y yo estaba tan solo allí, y sin embargo me llevó un buen rato la elección del lugar. Miré hacia la pareja en busca de ayuda pero ya ninguno de los dos reparaba en mí, charlaban, los dos hablaban al mismo tiempo. Supuse que cualquier sitio les daría igual. Y a mí también. Ni una botella, murmuré. Me senté a una distancia de ellos que me pareció apropiada, ni muy cerca ni muy lejos, pensé que así estaría bien, no quería molestar, ya vería luego, cuando llegara la gente. Eso. ¿Y la gente? La puerta seguía abierta y no había entrado nadie. Sólo yo. Nadie. 
Algo incómodo, cada vez más inquieto y sediento, intenté distraerme contemplando el salón. No era tan grande como me había parecido al principio. Había algunos cuadros en las paredes, no parecían pertenecer a un único artista, eran de los más variados estilos y me llevaron a pensar en un museo, inclusive el olor del lugar remitía a museo, a cualquier museo, olor a pasado, a tiempo transcurrido. Las cortinas eran blancas, parecían envolverlo todo y dejaban adivinar una ventana detrás de la pareja, a la que le calculé alrededor de cuarenta años, poco menos tal vez. Había también un reloj allí, tan grande como antiguo, quise fijarme en la hora pero se había detenido, el péndulo permanecía inmóvil. Como yo.
Quizás había llegado demasiado temprano, imposible saberlo, y sin embargo no sé por qué supuse que los otros invitados se demoraban demasiado, que ya bien podrían haber llegado, pero no lo habían hecho y yo desesperaba de sed, sentía la garganta caliente, muy caliente y ávida, y recordaba haber tomado mucho, en verdad demasiado. Antes.
De pronto entraron al lugar cuatro muchachos.
En fila, con gesto altivo y a la vez indiferente. Ninguno saludó. Ni a mí ni a los anfitriones, que no parecieron darse por enterados. De todas formas, sentí recobrar algo de mi optimismo. Al fin, pensé, la fiesta daría comienzo de un momento a otro, bien pronto dejaríamos de esperar. Enseguida los cuatro se dirigieron al escenario, que yo no había advertido. El más alto se colocó a la batería, de inmediato comenzó a golpearla con furor mientras los otros comenzaban a afinar los demás instrumentos. El grupo quedó enfrentado a la pareja, y yo atrapado entre ambos. En medio del estrépito ya declaradamente desatado, la pareja pareció animarse, debían gritar para entenderse aunque no daban muestras de que esa circunstancia les importara, muy por el contrario, cuando uno hablaba el otro reía a carcajadas, se iban alternando en esto, daban una imagen de gran felicidad, de desencajada felicidad, diría.
Ese estado de cosas duró bastante, aunque no sé cuanto tiempo. Mi sed continuaba. Ya no sabía qué actitud adoptar, había tosido y estornudado, me había parado un par de veces o más, y había caminado, dado vueltas por el salón, y también aplaudí y grité. Creo que hasta hubiera bailado un poco, sí, hubiera bailado solo, pero ni una gota vino en mi ayuda. En algún momento pensé en irme, alejarme de allí, encontrar en alguna otra parte algo para beber, la tanta sed resultaba ya imposible de soportar, pero no quise ser descortés y di unos pasos hacia la pareja, quería al menos despedirme y agradecerles la hospitalidad, después de todo habían aceptado a un desconocido en su fiesta. En ese momento los de la banda dejaron de aporrear los instrumentos, la pareja cesó de hablar, se dieron vuelta y giraron la cabeza hacia la ventana. El silencio duró pocos segundos, y entonces se oyó la explosión, el gran ruido, otra vez el gran ruido, afuera. La actitud de los que antes hablaban y reían pasó entonces a la desolación más absoluta. El hombre y la mujer se abrazaron y quedaron en silencio, y enseguida comenzaron a sollozar. Unos minutos después, los de la banda recomenzaron con la tarea de afinar los instrumentos. La banda y la pareja parecían pertenecer a mundos diferentes. Y yo y mi sed, a otro bien distinto. Mi intención de marcharme flaqueó, sentí que mis fuerzas desfallecían, con esfuerzo volví a la silla, la misma silla de antes, creo. Miré la puerta abierta. Y los invitados que no llegaban. No llegaban.
No llegaban.
Todo siguió igual durante un tiempo que no logro precisar, todo igual hasta que vi entrar a una mujer. Así. De pronto apareció y se detuvo a los pocos pasos y observó durante unos minutos la escena. Minutos equiparables a una eternidad, así los viví, o así los recuerdo ahora, ahora que escribo. Al fin me puse de pie, había creído percibir un gesto en la cara de ella. La recién llegada se acercó a mí, me extendió su mano, iba a estrechársela y se la besé, sonrió y dijo que por favor me sentara. Tome asiento, por favor, así dijo. Se arregló un poco el pelo y también el vestido y siguió. Gracias por venir, dijo. No tiene nada que agradecer, contesté, nada, para mí es un honor y un placer, dije. Miró por unos instantes a alguna otra parte y de repente pareció acordarse de algo, de mí tal vez, puede ser, porque, cómo lo está pasando, preguntó, y yo le tuve que decir que bien, gracias, solamente que me estoy muriendo de sed, no, esto último no se lo dije, hubiera debido, pero no, bien, gracias, eso nada más le dije. Entonces fue que mencionó algo así como que los disculpara, pues mis padres no tienen la culpa de lo que pasó. Yo no entendí lo que quiso decir, y se lo hice saber, no entiendo lo que me quiere decir, le dije. Entonces habló del accidente, ¿usted no sabe lo que pasó?, mis padres, esos dos que usted ve allí, detrás de la mesa principal, habían alquilado este salón, pero en el lapso que medió entre la contratación del lugar y la fiesta, hubo un viaje, y en el viaje un accidente con el auto, no, mi padre no manejaba, un chofer manejaba, yo no llegué a conocerlo. Soy la única hija, iba a cumplir los quince y ellos estaban tan ilusionados, ¿comprende usted? Claro. Yo dije claro y no sé por qué lo dije y no sé si ella escuchó. Luego acotó que en ese tiempo dijeron que el chofer había bebido mucho, algo así informaron la policía y los diarios, ya no importa, ¿no es cierto que ya no importa? Cierto. Cada vez viene menos gente, hoy hasta ahora vino solamente usted y creo que ya no vendrá nadie más, ¿a usted qué le parece?, quizás por fin la de hoy sea en verdad la última fiesta de mis quince años, y me alegro por ellos, que podrán al fin descansar, lo lamento, eso sí, por los chicos de la banda, ellos quieren triunfar con la música y vienen una vez por año y, ya los ve usted, lo pasan tan bien aquí, ¿no es cierto que se los nota felices?
Es verdad, mentí, se los ve tan felices.
Ella entonces cerró los ojos y se estuvo un rato así, quizás recordando cosas de su vida hasta que se levantó de golpe, me va a tener que disculpar, me voy a cambiar, para bailar el vals, ¿comprende usted?
Claro, el vals.
Dijo entonces que la esperara, que iba a volver, que era una promesa.
Ella lo prometió.
No sé cuanto tiempo esperé. Por momentos sentía que alguien pasaba a mi lado y me rozaba, no sé, ideas mías.
Recién dejé de escribir y los observé.
Los padres de la mujer, que todavía no ha vuelto, parecen cada vez más tristes, ya no hablan. Ellos no hablan y los músicos se fueron y ya nadie ocupa el escenario.
Las velas titilan, parecen no consumirse, permanecen inalterables con sus llamas que alumbran de mala manera el lugar.
Y la sed.
Mi sed sigue, implacable, y la incertidumbre que me embarga le sigue los pasos. Resulta evidente que hay puntos oscuros en el relato de la mujer, pienso, datos que no cierran, situaciones increíbles, cosas muy extrañas, por cierto. Preguntas. Tantas.
Preguntas.
Si soy el único que ha concurrido a la fiesta, por qué no me sirven algo, algo para tomar, por favor, cualquier cosa líquida y con mucho alcohol, ya a esta altura de la noche necesito mucho alcohol. ¿La noche?
Y además, por qué la mujer me había rogado esperarla y ahora no regresaba a cumplir con su promesa.
Y la pregunta más importante, la única que tal vez vale la pena, por qué sigo yo acá.
Si los de la banda se han ido.
Y luego el tiempo ha pasado.
El reloj.
Las velas y las flores.
El hombre y la mujer, atrás.
Los miro.
Y ellos a veces me miran.
Ya no hablan ni ríen ni hacen nada.
Nada.
Están ahí.
Y aquí adelante estoy yo.
Rodeado de cortinas blancas.
Inmerso en el silencio y la sed.
La sed.
Escribiendo estas cosas.
Esperando